24 de marzo de 2010

'Ciudadanos anónimos, leyendas no escritas' (José Manuel Areces)

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Hoy he podido reencontrarme a través de la red con
un antiguo conocido, una persona inteligente, libre y con grandes ideas, un paria de nuestro tiempo, un desterrado por el clan burocrático que guía los destinos de la Patria.

España en su historia es el cúmulo de dos caminos paralelos, el de los gobernantes, burócratas, chupatintas y lameculos, y el camino de los hombres libres que contribuyeron también para que fuésemos algo grande a pesar de los puntapiés, zancadillas, putadas, envidia y saña de los primeros. Cuando el clavo despunta, el martillo acude raudo a machacarle la cabeza, esa es nuestra España. Aquí hay mucha mala baba y si no andas bajo el radar te meten la crisma bajo el charco en menos que canta un gallo. Para prosperar hay que formar parte de un clan y reír las gracias al mediocre de turno, ser de una familia determinada, dejarse tomar por dónde amargan los pepinos, o arrodillarse ante el mejor postor. Pensar por uno mismo, señalar al rey desnudo, cantarle las cuarenta al poderoso, o demandar justicia son gestos destinados al paredón, al sambenito y el escarnio público, así ha sido desde la noche de los tiempos.

Me atraen las personas libres, los que se meten en líos, los que no callan ni bajo el agua, los quijotes, loa antihéroes, los perdedores, los que alzan la bandera cuando no toca, los que dicen la verdad desnuda, los que visten el traje remendado pero llevan la cabeza bien alta. En aquellos encuentro por regla general más mérito y originalidad, más autenticidad que en cualquier baboso pelotero de los que tristemente pueblan en exceso nuestra piel de toro.

Estas son las personas que atraen la infamia, la envidia, las injurias, a los que les rompen los huevos a palos, pero de lo que nunca sacas una confesión ni un renuncio a mi fe. Son personas que llevan tantos palos encima que uno más les trae una higa, y se permiten mirar con desprecio y desafío al poder. Porque no tienen nada que perder, porque no les pueden arrebatar nada más, y lo que llevan dentro no se vende en los kioscos, ni se compra con un master, se sortea en una tómbola o se puede hurtar. Tienen siempre brillo y luz propia, no precisan de focos, flashes, bambalinas, corifeos ni mamporreros y rufianes. No son amigos de pugnar por sacarse una foto al lado de un personaje conocido, pues tienen demasiada dignidad. Son aquellos a los que los amigos avisan de un fatal y cierto destino, pero haciendo oídos sordos, se encaminan a él con la triste certeza de un final asegurado, porque la honra, la verdad o la propia fatalidad obligan. Sin desearlo ni pretenderlo, son los abanderados de la honra nacional.

Ese puñado de personas libres tienen por insana costumbre sacrificarse por causas justas, conquistar continentes, inventar nuevas medicinas, escribir obras geniales, acometer tareas imposibles con éxito y en la mayor parte de los casos suelen quedar sin blanca y en el olvido. Como digo nuestra historia está forjada por muchos de ellos aunque sus nombres no figuren, y hoy en día otros tantos viven en nuestro entorno, como digo es fácil localizarles. Normalmente los instantes más gloriosos de nuestra patria han sido bordados por su manos y pintados con sus venas, aunque a la postre, el mérito se lo haya adjudicado el listo de turno. No suelen andar escurriendo el bulto, ni maldiciendo al prójimo sin causa, ni envidiando el capital ajeno. No se presentan de gorrones, ni demandan subvenciones, construyen su futuro con su propio merito, y como decía Marco Anneo Lucano, son los que se alejan de los palacios, porque virtud y poder no casan bien.

De querer un futuro mejor para esta tierra, y en caso de apostar, me pongo del lado de ellos, y ya sé que me juego pensión, hacienda, esposa y hasta el apellido, pero de tener que dejarse algo por el camino, prefiero hacerlo en buena compañía y con la cabeza bien alta, con honra, que manchado con la tizne indeleble que adorna a los mandamases y toda su jarca pestilente de borregos. Prefiero recordar sus nombres y escribir sus historias, porque para hablar de famosos y poderosos ya están los chupatintas bien pagaos, los aspirantes y los catedráticos de historia pomposos.

Para ser grandes como nación, antes hemos de ser grandes por dentro, para vivir mejor, antes hemos de ser mejores. Porque no hay gloria de la buena sin honra.

José Manuel Areces