5 de febrero de 2010

Ecologismo: la pseudociencia del siglo XXI

Por Jorge Alcalde


Doce de noviembre de 2002. Nadie podía dar crédito a lo sucedido. Probablemente en toda la historia de nuestro país no habíamos sufrido una catástrofe ambiental tan grave. Millones de españoles se pegaban al televisor para ver una y otra vez las imágenes de la costa gallega bañada en fuel. Un nuevo héroe empezaba a cobrar forma entre las brumas de la mañana, el voluntario ecologista vestido de blanco que arranca con sus propias manos la suciedad de la arena de la playa. Una nueva palabra-tótem retumbaba en los asustados cerebros de los amantes de la naturaleza: chapapote. Poco a poco, una sola verdad fue extendiéndose por la ciudadanía, a lomos de los medios de comunicación, como se extiende una balsa de aceite derramado sobre las bravas aguas del Atlántico: España era víctima de una catástrofe ecológica sin precedentes. Según las organizaciones ecologistas, serían necesarias varias décadas para recuperar el equilibrio ecológico en la zona. Cientos de especies animales corrían un serio peligro de extinción. Las costas de Galicia nunca volverían a ser como antes. Sólo cuatro años después, la realidad era muy distinta. El Centro para la Prevención y la Lucha contra la Contaminación Marina (Cepreco) declaraba, en un informe oficial: "La situación ambiental en la Costa de la Muerte está normalizada, habiéndose finalizado las tareas de restauración y limpieza del vertido". Algunos expertos reconocían que la costa gallega se encontraba en condiciones increíblemente propicias. Por ejemplo, el doctor en Ciencias Biológicas y especialista en el vertido del Prestige Jaime Roset recordaba en noviembre de 2006: "Paisajísticamente, es difícil imaginar que muchas playas y acantilados estuvieron prácticamente asfaltados hace apenas cuatro años". Cientos de investigaciones llevadas a cabo in situ durante el lustro posterior al accidente certificaron la recuperación de las condiciones ecológicas de la zona afectada. Ente ellas destaca el especial sobre el caso Prestige de la revista Marine Pollution Bulletin, en el que expertos del Instituto Español de Oceanografía afirmaban que ya en 2004 las poblaciones de especies como el camarón, el gallo y la merluza no mostraban síntomas adversos. Movidos por informes como éste, algunos políticos llegaron a mostrar un entusiasmo que podría parecer desmedido pero que respondía a una fundamentada sensación de alivio. El 12 de noviembre de 2004 el alcalde de Muxía declaraba a Europa Press: "La catástrofe del Prestige no ha afectado en absoluto al funcionamiento del sector pesquero. Es más, el descanso en la actividad extractiva impuesto por la incidencia del fuel ha venido muy bien para la recuperación de las especies". La comunicación, hacia la histeria
¿Qué pudo ocurrir entre 2002 y 2004 para que se produjera tamaño salto en el estado de ánimo general? ¿Qué proceso pudo conducir del alarmante pesimismo ecológico a la constatación de que la catástrofe del Prestige había sido cualquier cosa menos una... catástrofe? ¿Por qué lo medios de comunicación que empapelaron España con las peores de las predicciones apenas se dignaron a reseñar su error dos años después? Sencillamente, porque en el proceso de información que condujo a la histeria colectiva hubo grandes dosis de pensamiento pseudocientífico y muy poca parsimonia. Y es que, no nos engañemos, la ideología ecologista moderna, sea cual sea su manifestación, juguetea con demasiada asiduidad con un modelo de transmisión de la información más propio de la pseudociencia que de la razón científica. De hecho, cualquier observación analítica de los cauces de difusión del ideario ambientalista desde sus orígenes (ya sea con motivo de vertidos marinos, campañas contra las centrales nucleares o los alimentos transgénicos, cambios climáticos...) arroja un parecido extraordinario con el que se estila en los ámbitos esotéricos, apocalípticos y paranormales. Muy pocos fueron los que, en el invierno de 2002, se atrevieron a proponer un punto de mesura. Armados con la experiencia de acontecimientos similares (como el accidente del Exxon Valdez), algunos científicos y periodistas osamos defender la idea de que la costa gallega no estaba realmente en peligro de desaparición. Pero el empuje de la propaganda ecoalarmista era irrefrenable. La costra de chapapote merecía las portadas de todos los diarios, las aperturas de todos los informativos, el análisis de todos los tertulianos. Recuerdo la galleta de fuel que exhibían dos submarinistas en una portada del diario El Mundo. La imagen ocupaba cuatro columnas, como prueba irrefutable de que la marea negra había llegado a los fondos del Parque Natural de las Islas Cíes. De ser así, la catástrofe ecológica se presentaba de proporciones indescriptibles. Y así era: la foto de El Mundo lo demostraba. En realidad, la foto de El Mundo, por sí sola, no demostraba nada. No se nos decía si aquellos submarinistas anónimos eran ecologistas, biólogos o figurantes. No se nos decía si el medio arenoso que pisaban era el vivaz lecho de las Cíes o el fondo de una piscina sucia. La imagen no permitía establecer visión con profundidad suficiente para calibrar cuán grande era la mancha de fuel. Ni siquiera era uno capaz de distinguir si lo que sujetaban aquellos hombres (¿o mujeres?) era una galleta de chapapote o una bolsa de basura. Realmente, el valor testimonial de aquella imagen era una variable que tendía a cero. Y sin embargo los responsables de la edición nacional del diario le dieron la portada. Ellos sabían que no estaban mintiendo, eran conscientes de que estaban publicando una información buena, de que aquellas fotos habían sido tomadas en exclusiva por un reportero experto en el mismísimo fondo de las Cíes y de que el chapapote era parte del vertido del Prestige. Por eso decidieron darle la portada. Pero no vieron la necesidad de explicar a sus lectores los porqués de su certeza. Les bastaba con la autoridad otorgada por el paraguas de la cabecera, el logo de El Mundo, y con el convencimiento de que la corriente de opinión generalizada jugaría en su favor. A esto se le llama credibilidad. Y es el mayor tesoro de un medio de comunicación. Y no es fácil comprender cómo se logra. Lo malo es que el de credibilidad es un concepto que comparte demasiadas atribuciones (y no sólo fonéticas) con el de credulidad. Si explotamos demasiado nuestra credibilidad, estaremos forzando a nuestros lectores a que nos crean "porque sí", a que sean crédulos. Y, en ese momento, dará igual que les estemos contando una verdad como un templo: el espíritu acrítico y la falta de escepticismo habrán conformado un medio ambiente incapaz de reaccionar de manera distinta ante la verdad que ante la mentira. Habremos convertido nuestra profesión de periodistas en una máquina de contar historias que hay que creer. ¿No es éste exactamente el modo en que se expanden las creencias esotéricas desde los púlpitos de la pseudociencia? La divulgación del pensamiento mágico no requiere de otra autoridad que la fe. Basta con dejar caer el mensaje adecuado en un entorno suficientemente autosugestionado para creerlo: la audiencia no reparará en la inconsistencia de los argumentos ofrecidos, simplemente se los tragará como una esponja. El mantra del planeta herido
La pseudociencia puede ser definida, según el pensador Michael A. Gardell-Cutter, como la promoción de ideas pretendidamente científicas pero que son insustanciales, basadas en premisas incorrectas o vagas y que no siguen una lógica proporción con la materia observada. La falta de sustancia científica y de proporción es, precisamente, el atributo más visible de los métodos de comunicación ecologistas. El recurso a la ciencia desde las filas verdes suele ser interesado, parcial y poco fiable: ofrecen un discurso con una apariencia de autoridad académica de la que carece. Pero su capacidad para pulsar los resortes emocionales del receptor es inmejorable. Es lo que Bjorn Lomborg ha llamado "la letanía ecologista". Nuestra imagen del medio ambiente no está conformada por el estudio de los datos objetivos, o por la evidencia científica. Sabemos que detrás de la bata del médico que nos está abriendo el esternón en busca de un coágulo hay siglos de paciente observación científica, por eso le dejamos que nos opere a corazón abierto. Pero, paralelamente, permitimos que el dirigente de Greenpeace nos amargue el desayuno con sus agoreras predicciones sobre el calentamiento de la Tierra sin que le avale una sucesión secular de evidencias razonables. En realidad, el imaginario común sobre el estado del planeta está formado por los cientos de imágenes de televisión y las decenas de portadas de periódicos que siguen la corriente políticamente correcta impuesta por el lobby ecologista. La principal fuente de información sobre medio ambiente para la inmensa mayoría de los ciudadanos son los medios de comunicación generalistas, no las revistas de ciencia, ni las academias. Exactamente igual que ocurre con la astrología o la creencia en los ovnis. Con el agravante de que el ideario verde se permite el lujo de influir en las portadas de los periódicos, mientras el horóscopo queda relegado a un recuadro detrás del crucigrama. Si preguntamos a cualquier viandante, encontraremos que prácticamente nadie duda de que "el planeta se está deteriorando". Pero ¿alguien se atreve a contarnos por qué? De igual manera, encontraríamos una asombrosamente elevada cantidad de gente que asegura que los horóscopos predicen el futuro. Pero ¿alguien sabe bajo qué leyes físicas funciona este supuesto avance de la línea del tiempo? Desde las escuelas de primaria hasta las primeras páginas de la revista Time, la letanía ecologista repite la misma idea: el planeta se deteriora, nos quedamos sin recursos, el aire y el agua son cada vez más escasos y sucios, las especies animales se extinguen a velocidad de vértigo, los arrecifes de coral mueren, el clima se calienta... Nadie duda de que esto sea así. Pero en realidad las fuentes de energía no están escaseando, más bien todo lo contrario, la ciencia y la tecnología han mejorado los sistemas de producción de alimentos hasta el punto de garantizar el suministro a millones de personas, la esperanza de vida al nacer ha pasado de 30 a 67 años en menos de un siglo y, según la ONU, hemos reducido los niveles de pobreza más en los últimos 50 años que en los 500 anteriores. Al igual que ocurre con la creencia en los ovnis, no importa que los datos observables contradigan la corriente global de creencias: sí, estamos convencidos, los extraterrestres nos han visitado, todo el mundo lo dice. Y, por supuesto, nos estamos cargando el planeta. Todo el mundo lo dice. En ambos casos, aquellos que se atreven a proponer una reflexión crítica reclaman que se hable sobre datos contrastables más que sobre creencias generalizadas son tachados de intolerantes, radicales, reduccionistas, "talibanes del escepticismo". Críticas orquestadas
En plena crisis del Prestige, abrumado por la marea negra mediática, escribí para Libertad Digital un artículo, titulado "¿Qué es, de verdad, una catástrofe ecológica?"[1], en el que recogía las opiniones de quienes auguraban una recuperación de la Costa de la Muerte, desde el punto de vista ecológico y económico, en cuestión de un lustro. La mera exposición de los argumentos científicos que avalaban estas tesis me sirvió para recibir una plétora de cartas entre indignadas, amenazantes e insultantes desde las filas de los grupos ecologistas españoles. El tono y el método de comunicación de todas ellas eran idénticos al de las que recibí años atrás, cuando publiqué en la revista Muy Interesante dos artículos consecutivos en que exponía la invalidez científica de las creencias paranormales y denunciaba las actitudes sectarias de la Iglesia de la Cienciología. En todos los casos, el argumentario es similar: la voz que osa criticar la letanía (ecologista, esotérica, ciencióloga) es: acusada de ignorancia científica; acusada de corrupción ideológica (está vendida a las grandes petroleras, a los lobbies de la industria farmacéutica, a las asociaciones ultracatólicas...); insultada. En el caso del Prestige, la injuria más sorprendente llegó de un ecologista indignado: "Usted es un fascista hijo de Bush". Resulta significativo que, en ambos casos, la reacción intelectual de quien no compartía lo que se decía en mis escritos activase resortes tan similares. Pero no es extraño. En todas las ocasiones el argumento a mano es más cercano al pensamiento pseudocientífico que al análisis objetivo. En todos los casos, la convicción es puramente emocional, porque ni la idea ecoalarmista, ni la práctica del esoterismo ni la pertenencia a una secta religiosa pueden sostenerse desde el empirismo. El director del departamento de Ciencias Biológicas del Mississippi College, Robert Hamilton, lo ha dejado bien claro: "El mayor obstáculo para que la ecología sea aceptada como una digna disciplina académica es su permeabilidad al radicalismo ideológico". Organizaciones como Greenpeace o Earth First gozan del aplauso del público constantemente. Y se han arrogado la representatividad de la ciencia ecológica, cuando en realidad no representan más que a sus propios postulados ideológicos. Los propios expertos en ecología reniegan a menudo de los ecologistas. Un ejemplo prototípico es la controversia sobre los alimentos mejorados genéticamente, a los que la propaganda ecologista ha conseguido etiquetar como "transgénicos". En palabras del propio Hamilton, "uno puede elegir la postura política que quiera ante estos alimentos, pero la única realidad científica es que no existe ningún dato que indique que una proteína extra en la semilla del maíz tenga ningún efecto sobre el consumidor del fruto". Al igual que ocurre con los postulados anticientíficos del creacionismo, los ecologistas esgrimen argumentos supuestamente científicos para combatir el uso de estos alimentos; pero, dice Hamilton, "sus posiciones supuestamente ecológicas son en realidad puramente políticas". La auténtica ciencia ecológica debe hacer denodados esfuerzos para distanciarse del sinsentido ecologista. Incluso estando en contra de la manipulación del ADN recombinante, los científicos han de dejar claro que sus argumentos no escapan a la esfera de la razón. De nuevo Hamilton: "A menudo, el discurso ecologista, en lugar de parecerse al de un académico, imita al del político obsesionado en recaudar fondos para la causa". Cuando no al del predicador obsesionado con la salvación de las almas. En cierto sentido, sería necesario convencer al público general de que Greenpeace es una organización política, no una institución científica, y que James Lovelock es un ideólogo, no un candidato a presidir la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias. Sólo así los aspectos ecológicos legítimos de las ciencias biológicas y físicas (el estudio, datos en mano, del desarrollo de las condiciones ambientales del planeta y de los efectos de la actividad de la vida sobre él) ganarían la atención que se merecen, y que hoy les roba la pseudociencia del ecoalarmismo. Este tipo de reflexiones nacen de observar cómo muchos profesores de biología han de esforzarse por convencer a sus alumnos de que la ecología no es lo que ellos creen. Que la imagen de la ciencia ecológica no tiene nada que ver con la de unos voluntarios de Greenpeace impidiendo el atraque de un barco lleno de maíz transgénico en un puerto de un país africano asolado por el hambre. Estudiar por qué un río contaminado de plomo puede ser un vector de enfermedades como el cáncer no tiene nada que ver con afiliarse a Greenpeace. Cuando se hace lo primero se está procediendo a explotar el maravilloso potencial de la ciencia para advertir de errores y peligros; cuando se hace lo segundo se está metiendo uno en la militancia política. La mentira oficial (la que impone la creencia de que Greenpeace representa a la ciencia ecológica) obliga al público a identificar una activad científica con una militancia ideológica. Con ello, la legitimidad de la ciencia ecológica queda en entredicho. Una vez más, el proceso es idéntico al de las pseudociencias. ¿O es que no estamos hartos de ver cómo los medios de comunicación y muchos ciudadanos siguen confundiendo astrología y astronomía? La ecología de Greenpeace no es ciencia. Sí lo es la que se enseña en el departamento de Ecología de cualquier facultad de Biológicas. ¿Por qué será que hay tan pocos ecólogos afiliados a grupos ecologistas? Mentes que se autolimitan
El divorcio entre la ciencia y el ecologismo parte de una autolimitación fundamental del pensamiento verde: no puede escapar a su propia concepción del mundo. Sólo un año después de que Darwin publicara El origen de las especies, la británica Isabelle Duncan gozó de cierto éxito con su obra El hombre preadanita. Historia de nuestro viejo planeta y sus habitantes. En ella realizaba uno de los intentos más tiernamente ingenuos de justificar la idea del creacionismo a partir de una sesuda exégesis de los textos bíblicos. La lectura crítica del Génesis, aventada por los descubrimientos darwinianos, producía en aquella época auténticos cataclismos ante los defensores de la interpretación literal de las Sagradas Escrituras. En medio, una corriente cada vez más nutrida de reconciliacionistas buscaba obsesivamente en la Biblia argumentos para salvaguardar la fe en los textos bíblicos sin negar las evidencias que arrojaba la ciencia. Duncan es el ejemplo ático de esta corriente. Para justificar la incoherencia temporal de la creencia en un Adán primigenio (que no podría conciliarse con las dataciones geológicas del origen de la vida en la Tierra), defendió la existencia de dos Creaciones distintas: en la primera, Dios produjo una estirpe de seres preadanitas que habitaron la Tierra durante eras y que fueron extinguidos por la cólera divina de Aquél; en la segunda, Dios creó a Adán y Eva. Su idea no podía resistir el menor espíritu crítico, pero Duncan mostró una contumacia envidiable para configurar un orden de pensamiento libre de toda fuga. ¿Por qué no existen restos fósiles de aquellos hombres anteriores a Adán? Porque Dios rescató sus cuerpos para unirlos con sus almas en la primera edición del Juicio Final. Con argumentos como éste, Duncan vendió cerca de 10.000 ejemplares de su libro en 1860, lo cual suponía un éxito literario ciertamente grande para la época. Probablemente, de haber vivido sólo unas décadas más tarde, tras la llegada de las primeras evidencias fósiles que no hacían más que corroborar los postulados de Darwin, Duncan hubiera producido un argumentario mucho menos obsesivo y se habría decantado por pasarse a las filas evolucionistas. Pero en su carrera intelectual pesaba una autolimitación imposible de superar. Cualquier aventura argumental era loable, cualquier esfuerzo moral era válido, siempre que se produjera en los límites de una certeza incuestionable: las Sagradas Escrituras dicen literalmente la verdad. Por eso, por ejemplo, para explicar por qué la geología demostraba que la Tierra tiene millones de años de vida mientras los exegetas databan el Génesis sólo 10.000 años atrás, Duncan se arrimó a la teoría del día-era: los siete días de la Creación no son tales, son realmente siete eras, de duración indefinida, en las que Dios tuvo tiempo para dar vida a todo lo que habita nuestro planeta. Las creencia en la literalidad de las Escrituras constriñó el pensamiento de Duncan del mismo modo que la fe férrea en la letanía ecologista constriñe el pensamiento de muchos defensores del medio ambiente. Para ellos, todo el andamiaje argumental debe realizarse sobre la indiscutible realidad de que el planeta se está muriendo por culpa de la presencia del ser humano. En una especie de wishful thinking perverso, cualquier observación, estadística, muestra, análisis debe desembocar en la constatación del deterioro de la naturaleza. Por eso, el sistema de pensamiento ecologista se encuentra en grave desventaja frente al método científico: éste carece de limitaciones apriorísticas, razón por la cual es posible en la ciencia que un modelo como el copernicano revolucione el modo de concebir el Cosmos. En el ecologismo ninguna nueva aportación socavará jamás las bases del sistema. Gaia, la hipótesis
Una de las aportaciones ecologistas que más han hecho por la perpetuación de esta autolimitación ha sido la llamada hipótesis Gaia, propuesta por James Lovelock en los años 60 y ahora vivamente defendida por Lynn Margullis. Sostiene que la Tierra es un sistema global autoalimentado y autorregulado que se comporta, en cierta medida, como un gran ser vivo. Esta imagen del planeta vivo ha dado origen a la mayor parte de la iconografía ecologista moderna. Sin embargo, los científicos saben que Gaia no es realmente una hipótesis, sino una metáfora que sus autores se han visto obligados a matizar cada vez que se les ha acusado de anticientificismo. En la primera versión de la idea, Lovelock y Margullis deambulaban entre trivialidades del estilo "la Tierra es un sistema complejo alimentado por numerosas fuentes interrelacionadas" y sinsentidos como "el planeta es un ser sintiente y consciente cuyo propósito es mantener el pálpito de la vida". Sólo cuando fueron advertidos de que atribuir un propósito consciente a la existencia de la Tierra les acercaba peligrosamente a los predios del creacionismo y de la existencia de un Plan Supremo para el origen de la vida decidieron suavizar la pasión poética de su metáfora. La ciencia no puede ni debe estar en contra de las metáforas; de hecho, el pensamiento metafórico ha colaborado en numerosas ocasiones al acercamiento empírico a la realidad observable. Pero hay metáforas cargadas por el diablo, que se convierten inmediatamente en argumentos para la pseudociencia. La hipótesis Gaia, bien aireada por la propaganda ecologista, que hizo de ella la almendra intelectual de su discurso, ha colaborado en la formación de varias generaciones de ciudadanos con una percepción arcangélica de la vida que dista mucho de ser objetiva. En definitiva, ha propiciado la formulación de un sistema de prioridades pervertido en el que caben casi en el mismo rango los derechos de los hombres y los de los animales y plantas y en el que la lucha por el bienestar de los segundos puede superponerse en esfuerzos, inversiones y trascendencia política a la defensa de las condiciones de vida de los primeros. Sólo así se entiende que presidentes de Gobiernos africanos se nieguen a alimentar a sus ciudadanos con cereales transgénicos porque son "bombas de destrucción del medio ambiente", o que Al Gore declare que el principal problema que afronta la Humanidad es la lucha contra el cambio climático (como si las dictaduras, la corrupción, la falta de libertades, el descrédito de la educación o el hambre no merecieran la menor atención de los políticos). El ecologismo, con su versión moderna más alarmista, es, en definitiva, un discurso impregnado de pseudociencia. Al menos, si entendemos por pseudociencia aquel método de pensamiento que guarda las características propuestas por el filósofo Mario Bunge, uno de los más activos defensores del pensamiento racional frente al envite de la superchería. Bunge detectó siete rasgos que comparten todos los postulados pseudocientíficos:
  1. Evitan el examen crítico. Utilizan datos científicos sin profundizar en su sustancia. Se sustentan en evidencias anecdóticas.
  2. No son autocorrectores.
  3. No son escépticos. Confunden la apertura de mente con la falta de crítica. Los datos contrarios a sus postulados son ignorados o interpretados torticeramente.
  4. Utilizan un lenguaje pomposo y vago.
  5. No son empíricos. Producen creencias pero no conocimiento.
  6. No se pueden confirmar con pruebas falsables.
  7. No requieren métodos de control académico.
Cumpliendo escrupulosamente estas siete circunstancias, el discurso ecologista se asemeja más a la superchería que al método científico y corre el riesgo de convertirse en una nueva religión del siglo XXI. Pero, además, al añadirse tan elevadas dosis de pasión ideológica y la conocida coincidencia de sus postulados con la corrección política defendida por los medios de comunicación, el ecoalarmismo ha devenido en uno de los ejemplos de propaganda pseudocientífica más penetrantes de la historia, una suerte de nuevo milenarismo a lomos de la era cibernética. [1] Libertad Digital, 29-XI-2002.

Fuente: La Ilustración Liberal