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14 de noviembre de 2009

Esteban Goti Bueno: 'Los horizontes liberales'

Sabiendo que no es prioridad del que suscribe, dotar al liberalismo de símbolos, líderes o banderas, entenderán por qué escribo este texto, tan poco vivo, tan deslavado y hervido. La urgencia de nuestro tiempo nos debería llevar a blindar la Democracia y las libertades que tenemos los ciudadanos, que se materializan en derechos no susceptibles de ser violados por los poderes. Quiero hablar de Poder y no sólo de Estado. Hay poder fuera del Estado que influye sobre él y la ciudadanía y el más fuerte es la opinión pública, distinto de la voluntad pública, expresada en el voto. La opinión pública es una maraña de conceptos que consiguen adentrarse en los ciudadanos y hacerles decir “sí señor” porque sí o porque no.

Y creo sinceramente que los ciudadanos tenemos derechos, anteriores a cualquier legislación. Un planteamiento demócrata radical diría que no a esto, porque sólo nos asistirían los derechos que nos conceda el parlamento elegido. Yo creo sin embargo, que aceptando la Democracia, el ser humano tiene derechos que no es necesario que se los den graciosamente y que ningún poder tiene derecho a eliminar. La Democracia es el sistema por el cual el derecho positivo de la sociedad sale hacia adelante, pero existen derechos propios del ser humano que no caben ser conculcados ni diezmados por ninguna asamblea. Pero desde el punto de vista liberal, qué es lo que sucede con esos previos que estoy defendiendo aquí. Principalmente creo que existe una diferencia grande entre conservadores-socialistas y por otro lado los liberales. Los del primer grupo creen que el ser humano tiene una serie de obligaciones o rectos caminos que se deben sobrentender, mientras que los liberales podrían situarse en el plano de la admisión de una libertad de elección del ser humano en el sendero de buscar su realización como persona. Eso sí, no admiten los liberales, como ningún ser humano consciente de su dignidad y la de los otros, los delitos que atentan contra la integridad y la vida. El socialista cree en una corrección de las desigualdades que le corresponde al Estado subsanar. El conservador afirma que el ser humano precisa de un comportamiento moral que le viene dado por la tradición de la sociedad. Sin embargo estos presupuestos, que con toda lógica pueden ser apoyados por diversos argumentos, encuentran en la mentalidad liberal un obstáculo. El liberalismo no encorseta al ser humano en una postura u otra, sino que simplemente quiere defender la libertad y dignidad de la persona, frente al poder que le gobierna, es más, advierte que el poder gobernante debe surgir del acuerdo ciudadano mediante el voto.

Desde el punto de vista económico, es frecuente oír en nuestros días que dado que existe una crisis habrá que revisar nuestro sistema económico. Creo que más bien, lo que es necesario revisar es el monopolio y el oligopolio que existe en la economía mundial, en los bloqueos y las patentes que impiden que los productos y mercancías se compren y se vendan libremente. Un sistema que impide que los productores del Tercer Mundo ganen lo que con su trabajo real están consiguiendo fabricar o cultivar.

No podemos aceptar de buen grado que se nos informe de que el sistema va a cambiar, pero no se nos diga cómo, o lo que es peor, que empiecen a intentar abastecernos de dinero, a cambio de arrebatarnos la libertad. Casi se ha escuchado en tono de venganza a varios ministros del actual gobierno, augurar cambios en el sistema y yo me pregunto por qué lo dicen tan violentamente, qué fuerza es la que les hace desear un cambio que por cierto aún no nos han comunicado en qué consiste. Yo creo en la necesidad de cambio de nuestro comportamiento económico y si no hagámonos una serie de preguntas: ¿Pueden todos los hombres de la Tierra ejercer plenamente su libertad? ¿Hay una justa retribución al productor de un bien por su trabajo realizado en todo el planeta? ¿Pueden todos los hombres de este mundo situarse en condiciones que les permita ser auténticamente libres?

Si no tenemos muy embotados los ojos y los oídos habremos respondido cada uno en particular lo que en conciencia sabemos. Pero a pesar de que el liberalismo es amable a nuestra percepción, pensemos un momento en qué fallamos pues en la Historia, las sociedades han preferido en diversos momentos el orden a la libertad, la tiranía a la democracia, el pensamiento único frente a la pluralidad. ¿Hemos vivido los liberales como si fuésemos amantes del orden establecido? ¿Qué respuesta hemos dado a quienes nunca han conocido el éxito? ¿Además de en las revoluciones burguesas del siglo XVIII y XIX, dónde hemos destacado?


Estas preguntas no tienen una respuesta ya sabida, sino que de verdad quieren ser un cuestionario breve en el que podamos realizar un examen de conciencia. No podemos permitirnos el lujo de que la sociedad ante una grave crisis se deje llevar por las teorías que le restan capacidad al individuo, ya sea el comunismo o el fascismo, como sí ocurrió en el pasado siglo XX. Hoy, el riesgo de un renacimiento de estas doctrinas es bajo, pero entiéndase que el sistema en el que creemos no puede edificarse de espaldas a la sociedad. Por ello yo quiero plantear una serie de prevenciones que quieren homenajear el liberalismo europeo que supo defender los derechos de libertad e igualdad desde le siglo XVIII y que después de la Segunda Guerra Mundial advirtió que el modelo prebélico no era capaz de hacer frente a crisis como las habidas entre los años 20 y 30 del pasado siglo. Como ya he mantenido en escritos anteriores, fueron liberales también los que se ocuparon de colaborar en la confección del estado de bienestar. Recientemente, creé con permiso de la familia de Joaquín Garrigues Walter una página en la red social Facebook, en su recuerdo. En ella, planteé la pregunta de si es el capitalismo el rasgo definidor de los liberales. No estaba en mi intención dar por sentada ninguna respuesta. En esta ocasión sí quiero darla porque creo que es el lugar adecuado. Creo que la libre economía, comúnmente llamada “capitalismo”, se encuentra cómoda en el tejido intelectual del liberalismo, pero no creo en una sinonimia entre ambos términos, pues liberal excede en contenido al término capitalista. Es más, los liberales pueden cumplir su papel atacando la crisis actual que vive la sociedad occidental, empezando por otras cuestiones y de hecho ya lo ha empezado a hacer. Muestra de ellos es que se han puesto enmarca unos grupos de trabajo cuyos objetivos no son sólo proponer medidas económicas, sino también colaborar en una redefinición de nuestro tipo de Estado, nuestro sistema de organización autonómica, nuestra organización social. Y es que los liberales tienen mucho que decir a la sociedad, porque ésta puede correr el peligro de acomodarse a un estado que mientras les llene el estómago, les prohíba ser ciudadanos de pleno derecho. Y en ese peligro estamos todos inmersos, pues nuestros ideales pueden verse contrastados con la penuria material. Y yo, que soy creyente, tengo bastante confianza en aquello de que nuestro espíritu es decidido, pero nuestra carne muy débil. De manera que propongámonos fortalecer el espíritu ciudadano, sin separarnos del débil, de quien no cosecha éxitos. No cometamos el mismo error que las democracias formales y constitucionales que vieron crecer al enemigo dentro de casa y no pudieron hacer nada para sofocarlo. Recordemos de nuevo Alemania, Italia, Rusia, en el siglo XX, y hoy día Venezuela o la misma Cuba.


Seamos prudentes en nuestra potencial deriva hacia una acomodación en el orden establecido. Acaso es el capitalismo, tal y como lo tenemos en la actualidad, la verdadera economía libre que felizmente coincidiera con las teorías liberales. Como vasco, no puedo dejar de mencionar a mi tierra, en donde la opresión del terrorismo ha incorporado a nuestra sociedad un miedo reverencial a romper con los respetos que ETA quiere implantar en todos nosotros. Cualquier persona decidida a contestar los prejuicios, que con el miedo, la banda ha querido inocular en el país, sería tachada de muy exigente, de muy idealista. ¿Qué nos ocurre? Si en algún lugar corre urgencia el sentido liberal de la convivencia democrática es en Euskadi, donde lo nacional ha estado muy por encima de lo personal durante demasiados años y defendido por las Instituciones además.


Quiero agradecer públicamente al Club Liberal Español que haya invitado a un joven de esa generación que hemos crecido con violencia, Santiago Abascal, para que comparta con ustedes su compromiso, ya largo, en la política vasca.

Tenemos urgencia de liberalismo, pero sinceramente, creo que debidamente alejado de una “moral luterana economicista”, que no nos acerca ni a nuestra historia como liberales y tampoco a la ciudadanía. El Club Liberal y todos los liberales españoles en contacto con él, lo están haciendo. Muchas gracias.

Fuente:
Club Liberal


Wikio

1 de mayo de 2009

Esteban Goti Bueno: Ideologías y Dogmas

Las ideologías se gestan en estados puros. El mundo, en un estado de virginidad, se deja invadir por las ideas y así, el ideólogo da cuerpo a la doctrina. De tal manera, que toda filosofía, es decir, todo amor al conocimiento, está revestida de una blancura inocente. Un segundo paso en la conformación de la “idea” es el contraste de ésta con la realidad circundante. Pero esta inmersión en el escenario de la vida es una frustración de la primitiva doctrina, ingenua, que se ve discutida por los fenómenos del mundo tangible.

Ante ello, hay dos caminos como poco: En primer lugar, se puede barrer cuanto existe para hacer valer la “idea” originaria, a la fuerza, o bien, en segundo lugar, se puede adaptar la ideología al mundo en el que el ideólogo vive a diario. La primera fórmula, la de la extinción de la realidad, es la propia del totalitarismo. La segunda opción es de carácter humanista y amiga de la democracia. Probablemente en el propio cuerpo doctrinal de una ideología está sembrado ya el espíritu de la tolerancia o su reverso.

Existe una finísima frontera entre las ideas y las religiones. La filosofía política puede convertirse en un credo religioso con facilidad. Esto es un error grande. Las ideologías no pueden comportarse como fuentes de revelación, pues deberían estar en constante adaptación al medio. Sin embargo, el ánimo del hombre es diferente, come del árbol de la ciencia para ser Dios. El ser humano debería renunciar a creer que es constructor de la realidad, es sólo un heredero con capacidad de modelarla. De ahí que la libertad absoluta de la persona sea una posibilidad impracticable. Puede la persona todo pero con límites muy definidos. En ocasiones, el espejismo de ser hombre-dios, nos encarama para después dejarnos caer sin capacidad de asirnos a nada. De ser nuestra libertad absoluta, el asesinato, el robo, la injuria, no estarían penadas por ley alguna. No cabría la posibilidad de tener esperanza en una convivencia con respeto a los derechos básicos del ser humano.

Desgraciadamente, las personas se han empeñado en ello. Nuestra libertad, al igual que la de los otros vivientes, radica en nuestro desarrollo dentro de los límites que nos permite la Naturaleza. Jules Michelet, historiador francés del siglo XIX, decía que “el hombre es su propio Prometeo”, emulando así el fuego robado a los dioses por este personaje mitológico para ser capaz de dar vida. Una versión similar podría ser la del monstruo de Frankenstein, sólo que con una ambiente romántico de desasosiego. A los intentos de divina creación que cree poder llevar a término el frágil humano, siempre le aguarda, detrás de una esquina, la cruel realidad mundana para recordarnos que no tenemos la capacidad de alterar radicalmente la herencia recibida. El poder político, religioso y económico deberían prestar sus oídos a la poesía mística que viene aconsejándonos sobre esto desde el comienzo de la Historia escrita.

A pesar de ello, en nuestro mundo actual, el poder busca con empeño transformar el orbe a su antojo y la sociedad le sigue vociferando a favor. Hemos llevado a prisión las ideas, el intelecto, hemos cantado sus honras fúnebres al son del carnaval de la intrascendencia. “Pienso que creo[1] (extrema falsa humildad) que la filosofía política liberal, en su defensa, precisamente, de la libertad, debería respaldar el principio de que el hombre es libre dentro del marco que impone la herencia recibida, es decir la vida. ¿Podemos sustraernos al mal que existe en la Tierra? ¿Podemos sustraernos eternamente a la enfermedad, a la ruina, a la mala reputación, a los errores que criticamos en otros?

En el campo de la política estas preguntas podrían tenerse presentes. Una respuesta flexible, relativista-por qué no-, podría alumbrarnos diciéndonos que todo éxito que procure el hombre o todo mal que quiera evitar, escapa por amplios centímetros siempre a su control.

En este sentido, las ideas políticas podrían dividirse en dos bloques. De un lado, las ideologías aperturistas, de otro las autoritarias[2]. Si nuestro afán de exclusividad estuviese más rebajado, los partidarios de filosofías políticas que concedan como irrenunciables la libertad y la justicia para los ciudadanos, podrían converger para hacer fuerte a la población frente a los poderes omnímodos. Sin embargo, la rivalidad de las siglas y las esencias doctrinarias nos alejan de esta posibilidad. La consecuencia es que los partidarios del principio de autoridad descomunal ganan terreno, pues llegan a acuerdos mutuos con mayor facilidad que los aperturistas. ¿Quiénes conforman uno y otro bando? Aquí la pregunta, allí, en el abismo, escupo la respuesta. Pues bien, todos aquellos que entiendan que la libertad de la sociedad es un bien imprescindible que se debe conservar, engrosan las filas aperturistas. En este grupo podemos encontrar a liberales, por supuesto y también desde una perspectiva de moderación, a socialdemócratas y conservadores. No es, pues, sólo la ideología lo que redime del espíritu autoritario, sino la actitud de quien la personifica. Para ahondar en personalidades políticas capaces de llevar a cabo estas actitudes se hace imprescindible el cambio de un Parlamento dominado por los partidos, a otro en el que sean los representantes, los destinatarios de la soberanía nacional que corresponde a todos los ciudadanos.

En el campo contrario, en el de los autoritarios, podemos hallar a socialdemócratas y comunistas o socialistas radicales, conservadores fanáticos y nacionalistas intransigentes. Vemos que se ha repetido grupo ideológico, sin embargo lo que cambia es la perspectiva. En este caso entiendo a estos grupos como defensores intolerantes de la autoridad de los gobiernos, sobre todo si son unos y otros los que ocupan el sillón presidencial. Los liberales no deberían nunca engrosar las filas de los autoritarios, salvo que fanaticen el baluarte de su doctrina, la libertad, y la lleven a cabo de forma que reine la anarquía incontrolada, bien en el campo económico o en el político. El liberalismo no debe dejar de preservar su mundo ideal pero es aconsejable que no lo instituya como una religión sectaria que divide a los hombres entre trabajadores merecedores del éxito y vagos que han de cargar con la miseria. El relativismo al que he hecho alusión, permite que todos nos veamos en momentos de nuestra vida como militantes de uno y otro colectivo. La sociedad se degrada en cuanto la colectividad impide la iniciativa particular, o bien cuando el individuo cierra los ojos ante el sufrimiento de la exclusión social o material de sus conciudadanos.

No, los liberales no deben ser quienes cierren el entendimiento y el corazón ante la marginalidad o la pobreza, sino aquellos que defendiendo a la persona libre, entienden que no puede haber auténtica libertad, paz ni justicia mientras exista una bolsa de miseria que engendra malestar e inseguridad. Es aquí, donde la utopía liberal de un mundo compuesto de individuos felices con su propia producción y autogobierno, debe acercarse a la realidad de una sociedad con problemas y necesidades que exceden de los esquemas dorados que toda filosofía política contiene. Es así como el liberalismo irá acogiendo más huéspedes en su hogar; con liberales que no teman la solidaridad, porque saben que ninguna libertad se halla en juego por la lucha contra la exclusión de sectores de la población, en razón de su sexo, origen o situación económica. Estos nuevos liberales harán de los actuales estados, la cuna de una nueva forma de hacer política donde el pacto entre opciones aperturistas favorezca que la ciudadanía sea más libre, es decir, que se encuentre menos supeditada a las directrices de un gobierno, o de la ingrata fortuna. Estos nuevos liberales contribuirán a un mundo en el que los monopolios vayan reduciéndose, donde existan, verdaderamente, unas actividades económicas sin intervenciones despóticas que provoquen nefastas consecuencias como el hambre de los más débiles, de los que no parten de situaciones de igualdad en el inicio de toda relación económica. Ente quien mira hacia abajo y quien mira hacia arriba en un negocio, siempre habrá beneficios no pactados, sino impuestos, a favor de quien observaba desde las cumbres. Así se hizo el Tercer Mundo. Hoy, más que nunca se hace necesario otro 1789, otra toma de la Bastilla, que prescindiendo de los “intereses de clase”, sacuda la conciencia. No podemos delegar en los grupos antisistema la contestación a la injusticia que hay en el mundo. Cualquier auténtico liberal es capaz de percibirla.

La realidad resultante de esta nueva revolución incruenta, no es mundo de ciudadanos acaudalados, cuyas copas doradas rebosan de vino, no es la Arcadia feliz de acrisolado patriarcalismo que reivindicaba el diputado alavés Don Pedro de Egaña a mediados del siglo XIX, sino que por medio de una auténtica libre economía, y de un poder político no despótico, la ciudadanía podrá pisar con más seguridad el suelo que hoy en día se tambalea a causa del hambre, la guerra y la corrupción.

¿Qué es una economía libre real y un gobierno no despótico? Los dioses deberán insuflar más entendimiento en el próximo sueño.


[1] Expresión propia, elaborada con malicia para salvarme las espaldas de un hipotético error.

[2] Esta división es grosera, apto sólo para una breve reflexión como la actual.

Fuente: Club Liberal


Wikio

1 de enero de 2008

Ignacio del Río: 1812 - El Liberalismo, de la utopía al antídoto

La crisis de la política española, bloqueada por la mayoría parlamentaria que sostiene al Gobierno de Zapatero y por la acción u omisión de la oposición del PP, ha producido como resultado el efecto llamado “crispación”.

La irreductibilidad de las posiciones que se traslada a los órganos institucionales, desde el Consejo del Poder Judicial al Tribunal Constitucional, se extiende a todas los epígrafes de la agenda política. El disenso, consustancial con la democracia, padece un mal de gigantismo que le permite ocupar toda la acción pública. Reducido el escenario de confrontación a ETA y sus variantes- la piel de cordero electoral de Batasuna y sus nuevas versiones PCTV y ANV- la hipertrofia ha ahogado el normal comportamiento de las Instituciones democráticas, empezando por el Parlamento.


Esta situación agrava, significativamente, un evidente retroceso de la libertad ciudadana, como sucede en todas las batallas. Ya no hay individuos sino tropas, no hay pensamiento sino propaganda y se sustituye la crítica por la alineación. Esto sucede, además, con un envejecimiento prematuro del sistema de partidos que transmite la participación democrática. Esclerotizados, encerrados en sí mismos, convertidos en una agencia de colocación de militantes obedientes, como dice Jiménez de Parga, los partidos políticos viven cada día más alejados de los impulsos de modernidad y transparencia que se establecen en el orden económico para el gobierno corporativo de sociedades, empresas e Instituciones. La Ley de Financiación de los Partidos Políticos, en la que se ha acordado restringir el control de las Fundaciones a ellos vinculadas y las Cajas de Ahorro, que bajo una estructura social encubren la nomenclatura de los poderes autonómicos, es una buena prueba de la espesa capa con que se evita la transparencia de su funcionamiento.


Aquí nadie desde los Partidos defiende una mejora de nuestro sistema democrático y de los derechos individuales. El PSOE de Zapatero está actuando con su vieja estrategia de ocupación de la sociedad y las Instituciones y el desmontaje del Estado como garantía de derechos, todo ello al servicio de un pensamiento único. Los nuevos derechos sociales que nos presentan no son sino auténticas restricciones de la libertad, prohibiciones, e imposición de su modelo de sociedad. Y el vaciamiento del Estado frente al poder de las organizaciones territoriales, los Estatutos de Autonomía, no es sino el reflejote la negación y desconsideración del individuo frente al poder de las castas políticas que representan “el espíritu del pueblo”. La Ley de Igualdad que impone cuotas en consejos de administración y en listas electorales no es una superación de restricciones, sino simple y llanamente intervencionismo y discriminación, por mucho que se quiera dulcificar con el adjetivo de “positiva”.Los nuevos capítulos de derechos que han justificado la reforma de los Estatutos no son sino mayores competencias, más ámbitos de decisión, para los Gobiernos, sin incrementar un solo ápice su control por los ciudadanos.


Esta imposición de modelo político, que no gobierno, que está haciendo Zapatero, se extiende incluso a la oposición del PP a la que deslegitima en origen y arrincona en la acción política. Los supuestos intelectuales a la violeta y sus medios afines niegan al PP su derecho al ejercicio de la oposición, utilizando el recuerdo de Irak, de las Azores y del 11-M para construir a su alrededor un cinturón de supuesta salud democrática. Al mismo tiempo, el Gobierno marca la posición política que debe asumir el PP para recuperar sus credenciales democráticas. Una estrategia manipuladora, intervencionista y que quiere falsear el sistema constitucional en beneficio del pensamiento único, que no sólo representa un mayor número de votos, sino que es moralmente superior. En definitiva, una vez más el profundo desprecio que siente el PSOE por la libertad de opinión y por el control político cuando ejerce el Gobierno.


La respuesta a este laberinto trazado por Zapatero en el que quiere encerrar al minotauro de la democracia, para lo que se inviste con los signos de la paz, “todo por la Paz”, es más democracia y más libertad. Declaraciones que ya se hicieron en 1812, con la antesala de la declaración en defensa de la libertad de prensa proclamada en 1810 en la Isla de León. La limitación del poder del soberano, la nación como sustrato político del Estado y la libertad como elemento indisoluble del individuo. Unos principios que son hoy absolutamente necesarios para recuperar una democracia sin adjetivos, una democracia de calidad y que esté acompasada con la tremenda revolución tecnológica de información y comunicación que estamos viviendo. Las barreras, las censuras y los aranceles saltan por los aires a través de Internet y la transformación económica en China, con un primer reconocimiento de la propiedad privada, demuestra que el cambio es imparable.


Los valores del liberalismo, libertad, individuo, propiedad privada, control del poder, acceso a la información y la cultura son los pilares de la modernidad y de la civilización y son irrenunciables en cualquier sociedad. No se pueden someter a ningún bien superior ni civil, la paz, ni ideológico ni religioso. Y son la mejor manera de articular las nuevas relaciones políticas y sociales que surgen como consecuencia de la globalización. En esta estructura, el imperio de la Ley, a través de la organización del Estado que ha superado la configuración tribal y feudal, es el modo de resolución de conflictos y la garantía del respeto a la libertad y la igualdad frente a los Poderes Públicos.


Hoy España necesita reforzar su democracia con el liberalismo y con liberales que trasladen a los ciudadanos la convicción de que la democracia tiene que se más intensa, más directa, más representativa y con más derechos individuales y más controles de lo público. Cádiz en 1812 inició el camino. En 1978, la Constitución recogió su testigo. Casi treinta años después debemos defender nuestros valores, porque como dijo Stuar Mill “Nadie puede ser obligado, justificadamente, a realizar o no realizar determinados actos…porque en opinión de los demás, hacerlo sería más acertado o más justo."

Fuente: Club Liberal

Wikio